| Artículos | 01 ENE 2011

El futuro del libro

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Fran Iglesias.
En mi columna anterior mencioné un poco de pasada el papel del iPad como posible revulsivo más que como herramienta para la renovación de la industria editorial. En esta ocasión quiero profundizar un poco en un tema complejo y lo tendré que hacer con la superficialidad inherente a una página que, a veces, se queda tan corta.
De hecho ya he podido empezar a ver críticas a la forma en que las editoriales están afrontando la publicación de revistas o periódicos, intentando mantener un tipo de control sobre la edición que no debería aplicarse en el nuevo entorno.

Vendedores de papel
Creo que una prueba de que las llamadas industrias culturales o de contenidos han sido pilladas en las berzas es el hecho de que son las empresas tecnológicas las que les acaban marcando el paso. No son las editoriales las que lideran el cambio, sino que van en el pelotón perseguidor, cerca del coche-escoba.
El motivo, en mi opinión, es que hasta ahora la identificación entre el contenido y soporte era tan estrecha que esta industria, sin prever lo que se le venía encima, se ha estancado en que su negocio es la venta de soportes y no de contenidos. Mucha gente habla del placer de manipular el libro como objeto, pero lo que te hace comprar un libro es el contenido. Si no, ¿a qué está esperando alguien para editar las Páginas Amarillas encuadernadas en tela con sobrecubierta a todo color?
Este control del soporte es relativamente sencillo cuando no está al alcance de particulares o pequeñas empresas. La edición de libros o periódicos supone una estructura compleja y cara que ha favorecido una visión industrial del proceso editorial. La inexistencia de alternativa reforzó la identidad libro-literatura.
Prueba de esta identificación es que el principal miedo de la industria es que la digitalización facilitaría el pirateo de libros y esperan de los gobiernos medidas legales proteccionistas, y de las empresas tecnológicas, medidas anti-copia. Antes, no tenían ese miedo. El inevitable control del soporte permitía tolerar acciones de “pirateo” como la fotocopia o la transcripción (y si me apuras, la digitalización) gracias, fundamentalmente, a la diferencia de calidad, y al hecho de que en la mayor parte de los casos esa copia no supondría una significativa pérdida de ventas.
Por otro lado, el control del soporte permite a la industria fijar precios, formas de distribución y catálogos. En este modelo, conceptos como el de “larga cola” (tener un catálogo muy extenso con títulos de tirada mínima) es impensable: hay que echar el resto en los best-seller, los productos que maximicen el beneficio.
Hasta ahora la industria ha mirado la informatización y la digitalización como formas de mejorar y optimizar su proceso productivo, pero no parece haber puesto mucho empeño en entender cómo afectaría eso al lector. De hecho, diría que la industria editorial, como norma general ha ignorado al lector.

Tiempo de cambio
La industria de los contenidos tiene dos grandes retos:
El primero es encontrarse a sí misma; o sea, volver a centrar su negocio en los contenidos y no en los soportes. Y para ello le conviene mirar en iniciativas que han tenido éxito y preguntarse por qué. Dentro de este reto está el plantearse el pirateo de libros no como una condición a erradicar, sino como la competencia con la que enfrentarse.
El segundo, es reencontrarse con su audiencia y empezar a mirar las cosas desde el punto de vista de ésta. Algunas ideas:
Abrazar la idea de la larga cola. El formato digital permite ofrecer un catálogo inmenso que capture ventas de libros que no son rentables en el modelo tradicional y que muchos lectores buscan en las librerías de viejo, en muchos casos sin éxito.
Buscar el umbral psicológico del precio de los libros. Personalmente la compra de un libro me supone un gran dilema. Invertir 25 o 30 euros en una obra que tal vez no me guste o no vuelva a leer es un riesgo que me cuesta asumir (entre otras cosas porque ese dilema se produce varias veces al mes y la cantidad de dinero en juego crece mucho). Los editores deberían buscar ese precio umbral que permita al lector equivocarse al comprar un libro sin tener la sensación de que ha tirado el dinero (¿qué tal 4,99?).
Aportar auténtico valor añadido. Parte del mercado editorial actual se basa en las ediciones especiales: anotadas, ilustradas, comentadas, de coleccionista… El soporte digital podría permitir a las editoriales una escala de precios basada en el valor añadido que puedan aportar a las ediciones. Una obra podría venderse a un precio en versión básica, a otro con contenido extra, o podría permitir una suscripción a anexos y ampliaciones. Y, por supuesto, la edición en papel podría ser un valor añadido por el que muchos lectores pagarían.
Por supuesto, existe toda una economía basada en la producción, distribución y venta, del libro físico (productores de papel, imprentas, librerías, transportistas…), que va a tener que transformarse.

El libro en papel no se va a dejar de vender
Pero del mismo modo que tenemos una ropa de fiesta, o una comida especial cuando celebramos algo, muchos lectores buscaríamos en el formato digital el entretenimiento, la herramienta de trabajo, el acceso a la cultura o a la información “de diario”, y reservaríamos el libro de papel para cuando quisiéramos marcar ese momento diferente, esa obra que nos ha tocado el alma, que necesitamos no sólo leer, sino experimentar con todos los sentidos.

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