| Artículos | 01 MAY 2010

Síndrome BlackBerry

Cuando la comunicación es enemiga de la productividad

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Fernando García.
Leí hace pocos años que habían inaugurado un hotel en el que se trataba el síndrome de BlackBerry. No me refiero a los dolores de dedos que le surgen a los usuarios de este dispositivo, dolores que tienen un tratamiento de forma parecida al síndrome del túnel carpiano que afecta a muchas personas que utilizan teclados.
El síndrome de BlackBerry que comento yo es psicológico y se refiere a la necesidad de estar permanentemente conectados al correo leyendo y contestando todos los mensajes.
El primer caso confirmado de este síndrome lo oí cuando trabajaba como consultor para Telefónica Móviles y observé que en muchas de las reuniones los directivos tenían las manos y la mirada en el regazo. Una observación detallada me mostró que estaban ocupados mirando la pantalla de su BlackBerry, leyendo mensajes y contestándolos y prestando atención, sólo de forma tangencial, a la reunión.
Esa era la época en la que el precio de la BlackBerry y del acceso a Internet todavía era prohibitivo y no se lo podía permitir mucha gente, pero al igual que el resto del coste de las comunicaciones su precio ha descendido considerablemente y la mayoría de las empresas se los dan a sus comerciales y a cualquier jefe de departamento, además de que diversas operadoras ofrecen el teléfono para autónomos y particulares.
El resultado es una invasión de “zomberrys” (contracción de zombies y BlackBerry por si el chiste es demasiado confuso) que están constantemente pegados a la pantalla de su terminal leyendo el correo.
Uno de los sitios donde comúnmente encuentro a estas personas es el tren de cercanías en el que voy y vuelvo del trabajo. Su mirada y el habitual gesto de darle a la bolita para desplazarse por la lista de correos los delatan rápidamente.
Algunas personas lo hacen porque les abruman las tareas y responsabilidades que llegan por correo y así piensan que las podrán resolver más rápidamente. Hay otras que necesitan estar colgadas del correo porque creen que así se hacen imprescindibles. Un ex-compañero del trabajo contestaba correos en menos de dos minutos y siempre decía algo, aunque solo fuera “me parece bien” para que se notara que estaba ahí, y si era fuera de horas de oficina, mejor.
Le he perdido el rastro pero estoy convencido que estará metido en todas las redes sociales sacando pecho para hacerse notar y por supuesto con su BlackBerry.

¿Tú también, Bruto?
Hasta ahora, uno de los momentos más creativos del día para mí es precisamente en ese tren. Los cuarenta minutos que empleo yendo y viniendo del trabajo suelo tener la fortuna de hacerlos sentado, no es ni un recorrido ni un horario excesivamente concurrido. Me pongo los auriculares, saco el MacBook, me lo pongo en el regazo y empiezo a trabajar.
No tengo conexión a Internet –tengo un módem USB pero sólo lo conecto en caso de extrema necesidad, ni televisión, familia, compañeros de trabajo e incluso papeles encima de la mesa que me distraigan de la labor en la que me he centrado.
Evidentemente este proceso sólo me funciona con trabajos en los que no necesito estar conectado a la red. Por ejemplo escribiendo algún otro tipo de artículo del cual ya he hecho la investigación previa, pero con un poco de organización puedo hacerlo. Por ejemplo en casa navego a todas las páginas que me interesan y guardo su contenido como PDF que posteriormente puedo consultar en mi portátil.
Eso era hasta ahora. Hace poco configuré el programa Mail de mi iPhone para acceder al correo Exchange de la empresa (para resolver una duda de un compañero) y fue como si a un ex-fumador le dieran a probar un cigarrillo (sí, soy ex-fumador). Ahora mis compañeros me miran en las reuniones cuando fijo la mirada en el iPhone y muevo el dedo nerviosamente revisando la lista de mensajes recibidos o tecleo contestando alguno.
Esta posibilidad de tener algún correo pendiente me desorienta también en el tren y mis manos se van involuntariamente al iPhone para comprobar el correo. Al final he tenido que prohibirme el uso del iPhone para leer el correo salvo que sepa que se trata de un caso de extrema urgencia, porque aparte del tren he estado a punto de morir atropellado alguna vez (exagero un poco) por ir leyendo el correo o twiteando cuando ando por la calle.
Así pues, aunque no tengo BlackBerry he caído en el síndrome de BlackBerry y tengo que desintoxicarme. El hotel que he mencionado al principio de la columna le quitaba la BlackBerry a las personas que entraban y les daba un móvil normal con el que pueden enviar y recibir llamadas pero no comprobar su correo. En mi caso, hago uso de la fuerza de voluntad con la que logré dejar de fumar y no uso el correo en el iPhone.
Por otra parte la gente tiene que entender que el correo no es la mensajería instantánea. Si necesitan algo urgente que me llamen al móvil y entonces leeré el mensaje.
Hemos pasado de la sociedad de la información a la sociedad de la saturación de la información en la que el exceso de fuentes de información nos ha saturado.
Para ser realmente productivo hay que limitar las intromisiones en nuestro trabajo. Por ejemplo, estoy adoptando una rutina cuando trabajo en la oficina o en casa. Pongo el cronómetro en marcha en intervalos de unos cuarenta minutos, tengo comprobado que más tiempo no aguanto concentrado, salgo del correo, twitter, chat, Safari (el tenerlo abierto es una tentación para distraerse), etc. y me centro en una tarea. Al cabo de ese rato arranco todos los programas, leo los correos, contesto, miro los twitts, o simplemente hago los trabajos de investigación asociados a los artículos. Mi vida social no se resiente y mi trabajo cunde más.

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