Cuando yo trabajaba para Apple (de eso hace mucho tiempo) una broma que circulaba por la empresa era el organigrama que se seguía cada vez que se iniciaba un nuevo proyecto. El primer paso era “Hacer camisetas del proyecto”, y ciertamente Apple (y muchas otras empresas del sector en esa época) hacía camisetas de casi cualquier cosa para los participantes, y el caché de un empleado se podía medir por su colección de camisetas, de proyectos de sistemas operativos, de nuevos ordenadores, de asistencias a reuniones de empleados… Era una época en la que trabajar en una empresa de informática, y además multinacional, tenía un caché indudable y los informáticos en general estaban muy bien considerados.

Posteriormente he visto algo similar en el mundo de las telecomunicaciones. Aunque las camisetas estaban un poco pasadas de moda (en muchos casos fueron sustituidas por algo llamado “stock options”) sí que se notaba que las empresas mimaban a sus empleados: Visas, viajes en primera y otros derroches similares, como en una operadora emergente nacional en la que estuve destacado durante varios meses en la que pude ver salas llenas de mesas de trabajo de diseño y con sillas más de diseño que incluso necesitaban manual de instrucciones para poder entender el funcionamiento de todos los botones.

Fue en esta misma empresa donde pude ver más claramente el final del boom de las telecomunicaciones, la última sala que se montó fue con mesas prefabricadas compradas en un hipermercado y con sillas aun más baratas con la particularidad de que los tornillos del asiento acababan marcando allí donde la espalda pierde su casto nombre. Por cierto, que esa empresa hace mucho que no necesita montar más salas.

El resultado es que ya no hay camisetas, ni viajes en primera ni ninguna de las otras prebendas que las empresas de informática y telecomunicaciones tenían con los empleados para fidelizarlos y como mucho en algunas reuniones de clientes se regala alguno de estos elementos, aunque también este apartado está en recesión, para que el mencionado cliente lo enseñe a sus compañeros y clientes y genere publicidad subliminal… aunque en algunos casos sigo sin entender la forma de pensar de los ejecutivos de márketing: las tazas de café son un regalo claro, las tengo de Juniper, Nortel y RIPE y también tengo camisetas de RIPE, así como multitud de bolígrafos y rotuladores de todos los fabricantes (la colección de Apple ni la cuento por lo numerosa y variada, ya que guardo la mayoría de los presentes) pero lo que no logro entender, todo hay que decirlo, es la motivación secreta que tenía Cisco para regalar, y no es una broma, unos calzoncillos que en su parte trasera pone en inglés “Cisco 12000: Estamos detrás de las mejores redes”. Me gustaría que alguien de Cisco me explicara quién piensan que va a ver esta publicidad, y sobre todo su impacto.

Trabajo basura

Pero del “boom” de la informática y luego de las telecomunicaciones hemos pasado al “plof”. Ahora muchas de estas empresas buscan mano de obra barata. Por supuesto se piden más cosas, cualificación, conocimientos, experiencia, pero sobre todo barata y en el sector está empezando a aparecer de forma masiva el fenómeno de la subcontratación a bajo precio y sin ningún tipo de incentivo. Ser un buen técnico es incluso malo, ya que se está más que cualificado y tengo amigos que ven como contratan a gente peor que ellos porque son más baratos.

Pero esta política laboral no se trata de un simple ahorro de costes para mejorar la cuenta de beneficios, en muchos casos se trata simplemente de ahorrar para sobrevivir. Hace años un circuito Frame relay de 64 Kb/sg costaba muchos miles de pesetas al mes y naturalmente sólo lo contrataban bancos, grandes almacenes y organismos públicos. Ahora, una línea ADSL de 256 kb/sg (asimétricas y con concentración y todo lo que se quiera) son seis mil quinientas pesetas al mes (sigo hablando en pesetas para aclararnos mejor).

La línea Frame-Relay no costaba realmente 200.000 pesetas de antaño, y Telefónica se inflaba los bolsillos gracias a eso, pero este precio también permitía que cuando alguien del banco llamaba diciendo que la línea no funcionaba, normalmente había un técnico de la operadora que sabía, y por eso cobraba bastante, para intentar resolver el problema y si no podía lo escalaba a otro que sabía más y cobraba más.

Intentar que esto pase con una línea ADSL es utópico, su coste no justifica que el técnico que sabe dedique más de quince minutos y el usuario se tiene que contentar con ser atendido por un pobre operador al que han dado el cursillo de “Telecomunicaciones a fondo en quince minutos” y que en algunos casos sabe menos que el propio usuario.

Por este motivo se encuentran usuarios a los que no les funciona la línea durante meses, otros a los que se les pierden las órdenes de instalación y otras mil historias de terror que sólo evidencian una cosa: no se pueden vender duros a dos pesetas. Telefónica ha tirado los precios para eliminar a los nuevos operadores, y eso ha repercutido en una popularización de los servicios de telecomunicaciones convirtiéndose en comodidades accesibles por cualquiera, pero por la misma razón el servicio ha pasado de ser un servicio profesional con unos requisitos de respuestas muy estrictos a ser un servicio de todo a cien: si funciona, bien, y si no le devuelvo el dinero y me olvido.