Esta mañana un compañero de trabajo me consultaba sobre una charla que tiene que dar a padres de alumnos de bachillerato acerca de la toma de decisiones sobre sus futuros estudios. Por lo general, se recomienda utilizar una metodología bastante estructurada de análisis de beneficios y costes. Una cosa muy racional y aparente en la que cada vez confío menos. No tengo yo el cuerpo para discusiones académicas así que lo dejé pasar, pero me desquito escribiendo sobre el tema en estas páginas.

El meollo de la cuestión es que aquella definición de los seres humanos como animales racionales ha dejado de tener valor a la luz de lo que vamos sabiendo sobre nuestra psicología. En general, podríamos decir que nos comportamos irracionalmente y luego buscamos argumentaciones racionales que nos hagan sentir que hemos actuado con audaz inteligencia.

Valoración imparcial

Por ejemplo, entre dos informaciones tendemos a escoger como más válida aquella que apoya nuestra opinión. Nos parece que está mejor argumentada o expresada. En realidad la procesamos más rápidamente porque, de algún modo, sintoniza con lo que tenemos en la cabeza. Así, si nos gusta un programa de ordenador y recibe una mala crítica en la sección de Primer Contacto de esta revista, solemos pensar que el redactor de la reseña no sabe de lo que está hablando, o que no usa el programa como nosotros lo necesitamos y por eso no se da cuenta de lo bueno que es.

Del mismo modo, valoramos más un caso en apoyo de nuestra teoría que varios casos en contra. A éstos últimos los consideramos errores o decimos que no son concluyentes. Algo de eso pasa en las comparativas entre programas u ordenadores. Los “maqueros” siempre somos capaces de encontrar algún defecto metodológico en las pruebas en los que un Pentium a 3 GHz es más rápido que un PowerPC a la mitad de velocidad de reloj. Y los usuarios PC consiguen hacer tres cuartos de lo mismo. Todo con tal de invalidar los datos contra mi opinión.

Superstición y religión

En muchas ocasiones cometemos el error de establecer una ley general a partir de un caso. Por ejemplo, el servicio técnico de Apple es malísimo porque la única vez que llevé a arreglar un equipo tardé en recuperarlo más de tres meses.

Otra veces el problema consiste en establecer relaciones de causa-efecto entre hechos que son simultáneos. A una compañera se le murió el disco duro del ordenador en el que estaba trabajando nada más encender el equipo y durante un tiempo no se atrevía a poner en marcha el ordenador porque pensaba que estaba estropeado. A todo esto, el disco se murió de puro viejo. Eso es el pensamiento supersticioso.

De la superstición saltamos a la religión y sus ritos. Muchos usuarios pasan toda una batería de herramientas de diagnóstico cada vez que un programa da un error y se cierra inesperadamente. Es una letanía como la del rosario: “primer misterio, Norton Utilities. Disk Doctor te salve, disco duro”. Se trata de una cuestión de fe, ya que en la mayor parte de los casos el uso de estas utilidades o similares no arreglará lo que probablemente es un defecto del programa.

Argumentos a posteriori

Volviendo al tema de la toma de decisiones, lo cierto es que en una buena parte de los casos tenemos tomada una decisión antes de poner en marcha el proceso consciente de analizar las alternativas. ¿Vamos a comprar un ordenador? Nuestra cabeza ya tiene una imagen clara de qué máquina vamos a comprar, lo malo es encontrar los argumentos que nos justifiquen ante otras opciones que son mejores desde un análisis desapasionado. Por ejemplo, un Power Mac con ranuras PCI en vez de un eMac porque algún día puedo tener la idea de querer ponerle una tarjeta o un segundo disco duro (y sabemos que ese día nunca llegará).

Además, en el proceso de análisis de alternativas juegan las irracionalidades que señalaba anteriormente. Valoramos mejor aquellas alternativas compatibles con nuestra decisión inicial, ponderando positivamente los beneficios que nos aportan y negativamente los costes o limitaciones que puedan tener.

Sea irracionalmente feliz

Podría pensarse que ofrezco un panorama pesimista o desalentador. Creo que más bien es al contrario. Asumir que nos movemos por impulsos, que no somos imparciales al valorar las opciones, que somos relativamente imprevisibles, nos debería llevar a vivir más felices con nosotros mismos. Al fin y al cabo, en los temas que nos interesan como lectores de esta revista (los ordenadores y los programas que usamos para trabajar o entretenernos) lo importante es que la herramienta haga lo que queremos que haga y que nos sintamos cómodos con ella.