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Aunque todavía tienen un precio que hace que la mayoría de los usuarios se lo piense dos veces antes de lanzarse a la adquisición de una, las cámaras de vídeo digitales y por extensión los demás dispositivos de captura, procesado y volcado de vídeo digital, se han convertido en los más claros representantes de la revolución multimedia, y su predominio se ha consolidado por la fuerte apuesta de Apple, que ha incluido la interfaz FireWire y la aplicación iMovie de forma estándar en todos sus nuevos ordenadores, poniendo al alcance de todos las herramientas que hasta hace poco sólo estaban al alcance de los profesionales.

Las cámaras de vídeo digital han logrado en el un intervalo muy breve de tiempo mejorar de forma espectacular la calidad de la imagen grabada a la vez que reducían el tamaño de todos los componentes, tanto las cintas de vídeo como las cámaras en sí en dos y tres veces. Por este motivo resulta a veces complicado diferenciar entre las prestaciones de unas y otras, tanto a nivel de opciones como de calidad.

 TRABAJAR EN EL MUNDO DIGITAL
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La mayoría de los usuarios de cámaras digitales saben muy poco sobre cómo funciona realmente el mundo digital. Como mucho son conscientes de que la imagen después de ser capturada es convertida a formato digital y grabada en cinta, realizándose el proceso inverso al reproducirla, pero tampoco se conoce la forma de grabación ni otros elementos que intervienen.

Si se grabase la información sin comprimir ni procesar, simplemente convirtiéndola a digital, la capacidad de almacenamiento necesaria sería realmente abrumadora. Asumiendo la resolución de 640 por 240 píxeles (las cámaras graban en modo entrelazado de forma que cada fotograma sólo contiene información de la mitad de las líneas) y con millones de colores de resolución, lo que requiere tres bytes por pixel, se obtiene que cada imagen ocupa 460800 bytes, y teniendo en cuenta que hay 50 campos por segundo (cada fotograma tiene dos campos), esto significa un flujo continuo de información de 23 megabytes por segundo, aunque realmente y debido al sistema de captura de información utilizado, la velocidad real es de 164 megabits por segundo y eliminando todos los píxeles que rodean la imagen y que no contienen información, esta velocidad se reduce aún más a 124 megabits por segundo.

Aunque el sistema de grabación digital que emplean las cámaras DV y miniDV permite lograr capacidades muy altas, no llegan a estos valores. En realidad las cámaras de vídeo digital graban a una velocidad de 25 megabits por segundo, cinco veces menos de la teóricamente necesaria.

Esto lleva a la conclusión de que no sólo se convierten las imágenes de analógico a digital, también se comprimen utilizando un estándar muy similar al utilizado en las películas JPEG. Esto provoca, siendo puristas, pérdidas de calidad en la imagen, pero al igual que sucede al ver con Photoshop las fotografías JPEG de alta calidad, esta degradación de la imagen sólo es visible en condiciones excepcionales.

Como contrapartida, el vídeo digital ofrece una ventaja muy importante, copias iguales al original. Cada copia digital, realizada a través de ordenador o bien de una cámara digital a otra con un cable FireWire, es exactamente igual al original, de la misma forma que al copiar un documento de un ordenador a otro utilizando su red local. En cambio, con los equipos analógicos tradicionales, cada copia implica una pérdida de señal. Por este motivo y teniendo en cuenta que las cintas magnéticas, ya sean analógicas o digitales, no pueden conservar la información toda la vida, al "repicarlas" para volver a sacar una nueva versión, la cinta analógica perderá calidad y probablemente al cabo de 10 o 15 años no podrá verse claramente. En cambio las sucesivas copias de la cinta digital mantendrán la calidad original.