Un músico que mira al Mac

Por primera vez me atrevo a escribir a una revista, aunque sea por e-mail, para decir que ya no soporto la envidia que me dan los que tenéis un Mac.

Soy músico aficionado (aficionado serio, lo prometo) y hace años, un amigo me enseñó como empleaba uno para hacer música, me quedé alucinado y quise hacer lo mismo que él. Estuve preguntando y todo el mundo (que yo pensaba entendía de informática) me aconsejó un PC: que si eran más baratos, que lo podría ampliar, que era igual de fácil de usar… Me compré un Pentium II a 350 MHz. Desde entonces todo han sido problemas y paso más horas arrepintiéndome que sacándole partido a la inversión que entonces hice.

Mi amigo se parte de risa cada vez que le cuento mis progresos y encima utiliza programas que le dan mil vueltas a los que yo tengo y que parecen de juguete. El me dice que ha rentabilizado el equipo (se dedica a grabar maquetas para grupos) y lo único que me consuela es que él se gastó un dineral (una cifra que yo no podía afrontar ni en sueños) y que ahora tiene pensado volvérselo a gastar para renovar la mitad de su equipo.

Desde siempre, sigo la evolución de los Mac para ver si finalmente desaparecen (tal y como me decían quienes me aconsejaron comprar un PC hace dos años) y lo único que veo es que cada vez son más y más potentes. También veo en las revistas de música, y me comentan algunos músicos, que los Mac están en un periodo de transición pero que pueden “meter mucha caña” en breve a todo lo relacionado con la música. También he leído algunas entrevistas con músicos y dicen que están enamorados de su Mac… creo que empiezo a entenderlos. Cada vez son más baratos, o menos caros, y encima son mucho más bonitos.

Lo peor viene a continuación. Hace unos días vino a mi casa un amigo “experto” a ayudarme a instalar un segundo disco duro y, por el camino, se cargo el que ya tenía y de paso la disquetera. Lo mejor fue que, para colmo, la disquetera se llevo por delante el disco llave de una aplicación que me costo casi cien mil pesetas. Hoy me lo ha devuelto todo (se lo tuvo que llevar unos días a su casa para arreglarlo) y la cosa se ha quedado en disquetera nueva y dos inmaculados discos, recién formateados, con Windows 98 y sin ninguno de mis archivos favoritos.

El disco llave me lo van a mandar desde Alemania (corra señor cartero, por favor) y mi “ex experto” amigo me ha dado un CD-ROM con lo que quiso recuperar de mi disco duro. Mi error fue, en mi desesperación, olvidar decirle que había algunas canciones que había guardado en el directorio de la aplicación.

No quiero darles pena, solo decirles que a lo mejor metí la pata y que me estoy pensando cambiarme a un Mac. Si puedo reutilizar la mitad de lo que he invertido en periféricos y software quizá esté a tiempo de volver a empezar dónde debí haberlo hecho hace dos años.

Manuel Fernández

Vía Internet

La moda no vende

LA ULTIMA ILUMINACIÓN DE JOBS ha sido el iBook, en el que Apple parece haberse exprimido más que nunca desde el iMac, y ha hecho lo posible para que la comunidad Macintosh (y por qué no decirlo, los que emplean su PC con orgullo) también deseara la llegada del tan prometido y secretísimo portátil de consumo como si fuese la genialidad definitiva de la plataforma.

Se había hablado tanto y especulado tanto, que como casi siempre en estos casos, tanta expectación resulta decepcionante cuando por fin se hace realidad.

A primera vista, el iBook sólo puede parecerse a un bolsito de señora que cuando se abre se convierte en un ordenador portátil, pero poco más. Quiero decir, que las expectativas creadas por el iBook hacían pensar que Apple iba a sacarse un as de la manga con una máquina que iba a ser el no va más. Lo de atractiva, no niego que a algunos les parezca, aunque lo que es a mí, me parece… bueno, de juguete. ¿Potente? Realmente, no sé si un portátil PC será más o menos rápido que el iBook.

Un primer usuario de portátil, en el mercado aparentemente al que se quiere dirigir el iBook, no creo que tenga demasiada idea de lo que hay en uno y en otro. Y accesible, lo será para los estudiantes que conducen un deportivo, porque si el iBook está destinado a la educación y al consumo, 320.000 pesetas me parece una cifra que para un chaval de instituto que estudia informática o un universitario a punto de acceder al terreno laboral, se le sale un poco del presupuesto, a no ser que sus padres les financien el capricho.

El único sitio donde encajaría el iBook sería entre los (o las, mejor dicho) más esnobs de una urbanización de clase alta. A lo mejor si hubiese uno blanco y negro me lo pensaría, por el tema de la conexión sin cables; pero llevar un ordenador naranja a un viaje de negocios me iba a dar un poco de vergüenza.

Apple habla de diseño, de colores, de vanguardia. Todo eso está muy bien, es una ventana abierta, un camino alternativo a la “seriedad” y al “pensamiento único” que impone el señor Microsoft, pero la vanguardia no es sólo poner carcasas de colores y travestir un ordenador cuya esencia es la que hay que explotar.

Es una crítica habitual y vieja. Jobs intenta vender, se trata de un negocio, de crear una imagen y de aprovechar el punto débil de los PC: la falta de originalidad. Perfecto. Pero me parece que es una forma de trivializar la filosofía Macintosh (que siempre me ha parecido muy respetable), convirtiéndola en una gama de colores vacía de contenido.

La nueva filosofía de Apple es vender, rentabilizar, mercado, algo en lo que antes ni se había preocupado porque hacía ordenadores para una minoría.

Es la marca de los ordenadores bonitos. Pero me pregunto si la moda vende por sí sola durante tanto tiempo como la tecnología.

David Marín

Vía Internett