Espero que los administradores de redes responsables me perdonen, que los usuarios paranoicos por la seguridad de sus equipos no me vituperen y que los hackers y crackers diversos no se pitorreen a mi costa, pero ha llegado un punto en que las claves (de acceso) están tocándome las clavijas.

Este chico vale su peso en claves

Hace muchos años leí un chiste sobre cómo la tarjeta de crédito comenzaba a sustituir al dinero en metálico como medio de pago. Con las tarjetas, uno vale su peso en plástico, en lugar de oro. Pero ahora se podría decir que uno vale su peso en claves. Los niños pequeños, en los patios de los colegios y guarderías, se retan unos a otros espetándose: “pues mi papá tiene más claves que el tuyo”, “pues el mío las tiene más largas”. Los macarras llevan pulseras de claves. Y todos, al fin y al cabo, “sabemos que hay una clave maestra”.

Y todo eso sin tener en cuenta las recomendaciones de todo buen administrador de sistemas, que te indican que debes buscar claves que incluyan letras, números y otros caracteres y evitar a toda costa el nombre de tu gato o de tu hijo. Seguramente lo hacen para que sean más difíciles de recordar todavía . Por si fuera poco, algunos ingenian sistemas que te obligan a cambiar de clave cada cierto tiempo para evitar que alguien haya estado hurgando en tus papeles y dé con ella o te haya visto teclearla tantas veces que ya sea capaz de reconocerla.

No voy a poner en tela de juicio la necesidad de las claves de acceso como forma de protección de datos, de privacidad o de identidad, pero comienzas a necesitar una clave para todo. Una clave para acceder a tu ordenador, una clave para conectarte a Internet, una clave para bajar el correo, otra para subirlo, otra para operar con tu banco en Internet, otra para que el navegador se acuerde de que te conectas desde tu ciudad y que tu portal favorito te confirme que, efectivamente, sobre tu cabeza está lloviendo en este preciso instante.

Con tanta clave en el llavero parecemos santos Pedros terrenales, depositarios y portadores de las llaves del ciber-reino digital, que ya se sabe que está en la Tierra, lo mismo que el infierno, las obligaciones fiscales, el derecho consuetudinario y el revuelto de setas con erizos, que está de chuparse los dedos, dicho sea de paso y sin ánimo de ofender.

El mágico número siete

¿Cuántas claves puede un humano recordar antes de agotar la capacidad de la memoria a corto plazo? Otros no sé, pero un servidor cada vez menos. Ya se sabe: “por motivos de seguridad, le recomendamos que memorice esta clave y destruye este documento”. Menos mal que todavía no se autodestruyen, como en los tebeos de Anacleto, agente secreto. Te llega el número secreto de la VISA a casa, lo miras y a los cinco segundos se incendia el papel ante tus narices sin que hayas tenido tiempo de aprenderte el numerito.

En fin, claves, claves, claves y más claves. Tengo pesadillas en las que olvido mis claves. No puedo encender mi ordenador, no puedo sacar dinero del cajero, nadie me conoce, la gente me mira de reojo y murmura por lo bajo: “no tiene clave”. Los “sin clave”: los apestados del siglo XXI. Ponga un código de barras en su vida. Córtate el pelo, consigue una clave y hazte un hombre. “Papi, lo niños se ríen de mí porque no tengo clave”.

Guardar las claves en lugar seguro es todo un problema. Si es un número, podríamos intentar esconderlo entre otros números. Por ejemplo, en la agenda de teléfonos, camuflándolo con un par de cifras más y algún nombre significativo. Pero no es una buena idea: alguien interesado en robar una clave ya conoce el truco y además, quién sabe, podemos acabar llamando a un desconocido a altas horas de la madrugada sólo para poder averiguar si ese número de teléfono es lo que parece ser o no: “Buenas, me llamo Fulano de Tal, ¿me conoce? Es que quería saber si este número que tenía en la agenda es de alguien o es una clave escondida? Ah, ¿no?. Eso lo será usted. Pues no. Buenas noches. Y yo en el suyo”.

La clave del secreto

La opción típica es tener una lista de claves, pero eso implica otro problema: ¿cómo escondo mis claves para que sigan siendo secretas? Porque quien descubra esa hojita se hará dueño de mi vida digital. Y eso conlleva un segundo riesgo: ¿y si me olvido de dónde escondí las claves? Quedarse sin las propias claves es como encontrarse de puertas afuera de tu casa en un día de lluvia, desamparado y frío.

¡Cuántas angustias por unos cuantos caracteres! ¡Qué pequeñas pueden ser las cosas de las que dependemos! Un pedacito de metal, unas pocas pulsaciones en un teclado. Casi da miedo: con lo fácil que es olvidarse de unos números y letras arbitrarios, o con lo difícil que puede ser recordarlos en un momento necesario. Y pensar que esa puede ser la diferencia entre sentirse seguro o en peligro. Da para reflexionar un rato esta metáfora digital de la fragilidad de la vida. Por lo menos ha dado para completar esta página.

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