Un extraño impulso interior, por momentos incontrolable, hace que de vez en cuando me invada un irrefrenable deseo de programar. No me pregunte por qué, pero soy de los pocos que se leen los Version history de los programas, sólo para morirme de envidia fijándome en cómo de una edición a otra de tal programa “se ha corregido el error que impedía obtener el resultado correcto”. Yo también quiero hacer “version historys” de esos, y pasar parámetros como punteros, y declarar variables y constantes, y todas esas cosas excitantes que hacen los programadores.

Malos comienzos. Pero mis primeros pinitos en la programación fueron dañinos. Como tantos otros me inicié a la informática con un ZX-Spectrum que, supuestamente, aún funciona (lo que no funciona son las cintas en las que guardaba los programas, por desgracia). Pero también me inicié programando en Basic, en aquellos tiempos en que todavía tenía números de línea y las discusiones sobre interfaces con los amiguetes versaban sobre los editores de pantalla completa (como los del Commodore 64) o los de línea de comandos (como los del Spectrum).

¿Y qué pasa con el Basic? Pues que, como los verdaderos programadores todavía recordarán, aprender el Basic de la época te incapacitaba para programar en el futuro. Caí, pues, víctima de mi ignorancia juvenil, mientras asesinaba mis neuronas tecleando juegos y otros divertimentos.

Por eso, arrastro desde entonces una incapacidad permanente para la programación seria y, aunque lo he intentado de nuevo varias veces a lo largo de mi vida, no he sido capaz de hacer nada útil (útil es una manera de decir) con un sistema de desarrollo.

De mal... en peor. De jóvenes, algunos fuimos inconscientes, inocentes, ignorantes, inconsecuentes... (podríamos seguir con descalificativos encabezados por la letra “i”, pero parece prudente dejar la serie). Después del Spectrum recalé en el MSX con su Basic de Microsoft y, más tarde, aterricé en un PC compatible con GW-Basic, producto también del lado oscuro. Pero al tiempo que seguía desarrollando cada vez más pequeños programas, el daño de mi capacidad mental no hacía otra cosa sino crecer.

Los síntomas comenzaron a ser evidentes cuando llegué a pasarme al Pascal. Llegaba en el peor momento, cuando este entorno dejaba paso al C, menos accesible y capaz de poner a los advenedizos a la programación convenientemente fuera de juego, y cuando el daño en mis potencialidades como programador estaba ya hecho. Perdía mi tiempo intentando desarrollar bibliotecas de rutinas para dibujar ventanas de texto y otras zarandajas.

Se hizo la luz... Afortunadamente llegó el Mac y vi la luz. Pero no abandoné esa obsesión por crear mis propias aplicaciones. También lo intenté en el Mac. Mi mente se llenaba de prometedoras imágenes en las que me veía codificando, depurando, documentando, compilando, probando, recodificando, volviendo a depurar y recompilando como un poseso.

Pero no sucedió nada. Lo intenté con Think Pascal, seguro que me hice con una de las últimas unidades que se vendió, y no pasé de hacer correr el programa plantilla que proporciona la base sobre la que elaborar tus aplicaciones personales. Debería haber optado por HyperCard en aquel entonces, mas yo aún era demasiado novato en la plataforma. Afortunadamente, no llegué a saber nada de CodeWarrior hasta mucho más tarde, cuando ya era consciente de la realidad.

El tiempo iba pasando. Cuanto más conocía la vía del Mac, más satisfecho me encontraba con la elección y, curiosamente, menos ansioso por el deseo de programar. Pero una primavera, un CD de esta misma revista removía mis entrañas y desperté la pasión adormecida. Aquel CD contenía una copia de Prograph, un entorno de programación gráfica orientado a objetos. ¿Mande? ¿Un qué? Prograph tenía una filosofía radicalmente distinta a todo lo visto hasta entonces: en lugar de escribir, se programa dibujando el flujo de datos, tendiendo canales entre las distintas operaciones. Pensé que un enfoque así me redimiría de mis malos comienzos. Pero tampoco surtió efecto.

...y supe que no había nada que ver. Uno tras otro, mis intentos por hacer programas se contaban por fracasos. Como sustitutivo me pasé a desarrollar bases de datos en FileMaker, con lo que obtuve cierto éxito. Es lo más parecido a programar que había conseguido hasta entonces y, por lo menos, me resultaba útil y hasta conseguí ganar algún dinero con ello. Pero eso no me convertía en un auténtico programador: ¿dónde irían a parar mis quejas acerca de pilas y colas? ¿Con quién intercambiar improperios en un acalorado debate entre eficiencia de un algoritmo y “usabilidad” de la aplicación? ¿A quién denostar por la incompatibilidad de los “endians”?

Entonces llegó RealBasic. La espiral había dado la vuelta completa y ascendido varios niveles, por fin un lenguaje accesible en un entorno de desarrollo de calidad profesional. ¿Sería ésta mi salvación?

Siento decir que no. Cada siete u ocho semanas instalo la versión de prueba de la última edición del paquete, lo abro y jugueteo patéticamente con los controles. Nunca sale nada de esos intentos. Ahora ya sé que nunca saldrá.µ

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