Trabajar en la propia casa, marcándose uno mismo el horario, configurando el entorno como a uno más le gusta y ahorrándose desplazamientos y frustraciones es una de las promesas de la tecnología actual. Yo mismo estoy escribiendo estas líneas a la una de la madrugada de un domingo cualquiera del final del verano, vestido con una camiseta (de Apple, claro) y un bañador viejo.

Mi trabajo habitual no puede hacerse por teletrabajo. Aunque si existe la telemedicina, no veo por qué no puede hacerse lo mismo con la orientación escolar, ¡faltaría más!

Me puedo imaginar cientos de posibilidades fascinantes. Puedes entrevistarte con los padres a través del ICQ, o examinar a un alumno con pruebas a través de una página web… Pero me estoy saliendo del tema. Yo quería imaginarme una típica jornada de teletrabajador.

Suena el despertador

Y a levantarse tocan. Mientras desayunas, tu pareja se lleva a los niños al cole y se marcha a su trabajo. La casa queda para ti solo. Para ver el tiempo que hace enciendes la tele, a ver si entre los dibujos animados alguna cadena echa el pronóstico del tiempo para hoy.

Media hora más tarde sigues enganchado con ese documental sobre la vida de los pescadores de ostras de la Micronesia.

El documental se acaba. ¡En fin! Te vas al despacho y enciendes el ordenador. Lo primero es bajarse el correo y leerse los setenta mensajes de las diferentes listas de correo a las que estás suscrito. Hay otros quince mensajes de correo basura. Dos de tu hermano, a ver si puedes ir a ver qué pasa con su PC, que se cuelga al intentar escuchar un MP3. ¡Ah! También hay un mensaje de tu jefe, que a ver si puedes meterle caña al trabajito ese que tienes entre manos. Borras estos tres últimos mensajes y te lees el correo basura.

Leer el correo te ha dejado un poco embotado. Así que aprovechas para ir a darte una ducha y vestirte, pues aún estabas en pijama.

Después de la ducha te apetece un tentempié. Te pones una camiseta vieja y rota y un pantalón de chandal y te trasiegas dos bolsas de patatas fritas y una lata de cola light, que es lo único que hay en la nevera.

Vuelves al ordenador

Abres la carpeta con tu trabajo del día y llaman al telefonillo. Se trata de un individuo de edad indefinida, probablemente adolescente, que dice ser repartidor de correo comercial. Le abres.

Te sientas y vuelven a llamar al telefonillo. Es el cartero de correos, le abres.

Un vecino que se ha olvidado las llaves. Le abres.

Vuelves a tu puesto y consigues abrir el archivo en el que estabas trabajando. Suena el teléfono.

Es de un banco. Te tratan de usted y muy amablemente, por lo que debe ser alguna promoción. Efectivamente, es una promoción. No estás de ánimos para poner tu dinero en Fondos de Inversión a Plazo Variable con Capital Garantizado y regalo de una fabulosa olla a presión. Sin embargo, el tono de despedida de la teleoperadora te hace sentir como un idiota por haber perdido una oportunidad así.

Vuelve a sonar el teléfono. Es tu madre, preguntándose si quieres que se pase por casa y te lleva un poco del guiso aquel que te gustaba tanto de pequeño (una forma velada de decir que no sabes cocinar o que ese ser impresentable con el que vives tampoco). Le dices que no, que ya tienes comida.

Vuelves a tu trabajo, pero las patatas fritas te han sentado mal, así que vas a por otra cola light a la nevera. De paso, visita al baño. Te demoras admirando las cerámicas. Volviendo del baño te das cuenta de que casi es la hora de comer. Habrá que preparar algo. Lamentas no haberle dicho que sí a tu madre.

Abres una bolsa que contiene algo vegetal que, por lo visto, salta. Lo arrojas a una sartén bien caliente y lo dejas a fuego fuerte, hasta que las judías se carbonizan. Lo mezclas todo con un poco de arroz hervido que había en la nevera. Ya tienes una comida china. Te llevas el plato a la sala para ver las noticias mientras comes. Como es temprano ves el informativo local y el autonómico, el nacional (haciendo zapping entre las cadenas) y la información deportiva. Te enganchas a la telenovela.

El final de un duro día de trabajo

Justo acabas de apagar la tele y llega la familia. Merendar, jugar con los críos, cenar, baños varios, leer cuentos, buenas noches, etc., etc.

Tu pareja está agotada de su jornada de oficina, así que se va a dormir. Tú te quedas “un ratito terminando algunas cosas pendientes”.

Son ya las tres de la mañana y decides acostarte, no sin antes echar un vistazo a los “Infocomerciales” que inundan la programación. ¿Será verdad que en esas bolsas al vacío puedes meter toda tu colección de mantas?

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