Antes que nada, quiero dejar claro que no tengo nada en contra de los abogados como grupo social o gremio (mi mujer es abogado si sirve como prueba) y hay tantos abogados buenos como médicos, profesores, albañiles y, por supuesto, informáticos. Pero todo grupo tiene sus ovejas negras y los abogados, aunque sean pocos, destacan cuando muestran su lado oscuro.

Si a esto se le une la cada vez mayor presión de las corporaciones, destinada a obtener beneficios y colocar los intereses de las empresas por encima de los de las personas o del sentido común, el resultado puede ser un disparate lamentable.

En el momento de escribir esta columna (Julio) hay un caso que se está convirtiendo tristemente célebre, Adobe vs. Killustrator.

Pero antes de entrar en el caso, unos antecedentes para entenderlo mejor. En el mundo Linux hay un gran número de paquetes del tipo “Open Source”. Programas que la gente hace y distribuye gratuitamente. Una de las interfaces gráficas que existen para este entorno es “KDE” y todos los programas que se hacen para este entorno (son Open Source) empiezan por K: Killustrator, Kword, etc.

Aun así sería lógico que Adobe quisiera defender su imagen de marca y solicitara al autor de Killustrator que cambiara el nombre del programa.

Pero la forma de hacerlo, importa. Resulta que la primera noticia que ha tenido el mencionado autor acerca de estas pretensiones de Adobe ha sido una carta del bufete de abogados de Adobe donde se le indica que desista inmediatamente del uso del nombre, que dé una lista de todos los usuarios del producto (bastante difícil ya que se trata de un programa que cualquier persona puede descargar de Internet) y como guinda, le exige el pago de cerca de medio millón de pesetas en concepto de gastos legales.

Poderosa bolsa

La situación es absurda pero por desgracia estamos acostumbrados a ver cosas más absurdas por la vida. Por ejemplo, todas las compañías de telecomunicaciones, que están más preocupadas por ver cómo evolucionan sus acciones en bolsa que por tener una política lógica. Da lo mismo que una empresa fabricante de productos de comunicaciones tenga un retraso en sus entregas de productos de meses ya que las fábricas no dan abasto, ni que esté dando beneficios. Si algunos inversores se asustan y venden las acciones, provocando una bajada en el precio de éstas, la empresa se asusta más y para demostrar que es “ágil”, rápidamente despide a unos cuantos miles de empleados para dar una imagen de empresa dinámica.

Pero según mi modesto punto de vista, esto representa más bien una forma de actuar que no tiene un horizonte más lejano que el del mes que viene, y una empresa que no es capaz de planificar su política más allá del mes que viene (cuando lo lógico en empresas de este sector sería diseñar la política con dos o tres años vista como poco que es lo que tarda en desarrollarse y comercializarse una gama de productos) no puede ser considerada realmente sería.

Y esto sin contar con el efecto “ex empleado”. Imagínese lo contentos que pueden estar los miles de empleados despedidos por Nortel, Lucent, etc. Sabiendo que su antigua empresa ha dado beneficios pero que para quedar bien con los inversores prefieren despedirle.

La astuta ex empresa ha logrado crearse lo contrario de un cliente satisfecho: un ex empleado que la odia. Un ex empleado que probablemente en el futuro trabajará en una empresa de comunicaciones y que puesto a recomendar un producto, ¿qué recomendará?

Pero los directivos de las empresas son como los alcaldes de las ciudades, que arreglan las calles los seis meses antes de las elecciones y nos hacen pensar si no sería mejor tener elecciones cada seis meses en lugar de cada cuatro años.

Pues lo mismo pero al contrario es lo que opinan los empleados de muchas de estas empresas.

Por ejemplo conozco a varios empleados de una empresa internacional de consultoría que va a salir a bolsa en breve y que no quieren que esto suceda, porque saben las implicaciones que para su estabilidad laboral tiene este suceso.

Y realmente pienso que esta política no es beneficiosa, los diseñadores de productos no pueden trabajar pensando en que en seis meses pueden estar en la calle. Hay productos que pueden tardar varios años en desarrollarse y que, evidentemente, no pueden crearse en un caldo de cultivo como el indicado.

Esta es la razón de que algunos de los mejores programas (no todos) sean el fruto de la ilusión de una persona que los crea y desarrolla con la única presión de hacer algo bien hecho y que una vez terminados o bien se distribuyen en algunos casos de forma gratuita o en otros son vendidos a grandes corporaciones. Precisamente Photoshop fue desarrollado por dos hermanos alemanes que posteriormente vendieron el producto a Adobe.

El futuro de la X

Y para terminar, hablemos algo de Macintosh. Cuando usted lea esta columna, en septiembre, Mac OS X ya llevará tiempo en el mercado y con un poco de suerte existirán versiones más rápidas y el catálogo de programas será mayor. Pero el año 2001 no será el año de Mac OS X. Habrá que esperar a 2002 para comprobar si realmente todas las expectativas invertidas en este producto se convierten en realidad.

Yo soy optimista en ese aspecto, y no sólo porque quiera defender a Apple, sino porque pienso que, es un producto bien hecho y que para su relativa juventud, realmente Mac OS X es un sistema operativo nuevo, extraordinariamente potente y fiable. Tiemblo (en el sentido positivo) de pensar cómo será Mac OS X a principios del verano que viene.