En los cuentos de Asterix se comentaba que lo único que temían estos galos es que el cielo se cayera sobre su cabeza, sin embargo hoy en día lo único que temo yo es que el suelo se hunda bajo mis pies.

Caminar hoy en día por cualquier ciudad importante de la geografía nacional, es decir caminar por cualquier ciudad cuya cantidad de habitantes y nivel de industrialización la convierta en un objetivo codiciado por las empresas de comunicaciones, es un arriesgado ejercicio de obstáculos para evitar las vallas y zanjas que las operadoras de telecomunicaciones están tendiendo.

Aunque hay que reconocer que estas empresas también contribuyen a decorar el paisaje urbano. Si vive en una de esas ciudades observará que el suelo de las aceras, normalmente cubierto de baldosas de cemento, se está poblando de multitud de tapas de formas, tipos y colores diversos.

La proliferación de licencias de telecomunicaciones que han sido concedidas en los últimos años, incluyendo telefonía móvil de segunda y tercera generación, operadoras de cable, operadoras convencionales alternativas, operadoras de telefonía fija inalámbrica, operadoras internacionales, etc. unido a los elevados precios y falta de seriedad en cuanto a cumplimiento de plazos en la instalación de líneas por parte de Telefónica ha incitado a estas empresas a montar sus propias redes ciudadanas de fibra para lo cual han empezado a levantar aceras. Afortunadamente han logrado ponerse de acuerdo y en cada barrio es una empresa la que hace la zanja y mete tubos para todas las demás, por lo que el ahorro en cantidad de zanjas es considerable además de reducir el riesgo de que una excavadora loca corte las conducciones de teléfono, gas, agua o luz.

No obstante es curioso que todas las empresas tengan la intención, sana por otra parte, de quedarse con todo el mercado, y estén metiendo fibra suficiente para todos los usuarios potenciales habidos y por haber sin contemplar la distribución real de mercado que se pueda producir. El resultado es que la cantidad de fibra tendida va a permitir, no ya que entremos en el siglo XXI de las comunicaciones, sino que probablemente saltemos al XXII directamente.

Pero esto sucede, naturalmente, en las ciudades grandes. Si usted tiene la suerte de vivir en una ciudad pequeña, y digo lo de suerte sin segundas, porque la calidad de vida en general es mejor aunque no dispongan de última tecnología punta, entonces será afortunado si existe una empresa que esté instalando fibra, aunque como contrapartida le agujerearán menos las calles.

En lo referente a la conexión entre ciudades, todas las operadoras se jactan de tener redes que cubren toda España pero casi ninguna de ellas, con excepción naturalmente de Telefónica, ha hecho las monstruosas inversiones que hacen faltan para tender fibra entre ciudades. Sólo los derechos de paso y las zanjas de centenares de kilómetros pueden suponer un importante mordisco a cualquier presupuesto. Por esta razón una de las empresas con más novios de este país es, curiosamente, Renfe.

Pese a que pueda tener fama de estar mal gestionada, en algún momento un brillante directivo, del que no conozco el nombre, tuvo la idea de hacer un tendido de fibra óptica debajo de las vías. El objetivo principal era proporcionar conexión de datos entre todas las estaciones para la gestión de la propia red, pero esta persona decidió poner más fibra, mucha más fibra, pensando que en un futuro sería útil.

Ahora Renfe obtiene pingües beneficios vendiendo fibra óptica a las operadoras de telecomunicaciones y en los bajos de la estación de Atocha de Madrid no hay bares de copas, sino cuartos de interconexión donde montan sus equipos de transmisión de datos las principales empresas que operan en nuestro país.

Teniendo en cuenta la cantidad de fibra instalada por unos y otros, es posible que en breve plazo la oferta supere ampliamente la demanda y alquilarla se convierta en un negocio de baratillo. Otra opción es que nos ofrezcan hasta los servicios más absurdos para que los compremos y puedan amortizar la inversión. La mayoría de estos servicios contendrán, sin duda alguna, los términos “multimedia”, “interactiva” o “vídeo”, y si son todos mezclados, tanto mejor.

Ordenadores VS Consolas. Recientemente he asistido como espectador a una interesante discusión sobre que es mejor para jugar, o un ordenador o una consola. Los defensores de los PC (Intel, por supuesto ya que hemos de reconocer que el mercado de juegos de Mac es... hum... limitado) argumentaban a su favor el tener procesadores más potentes, tarjetas gráficas capaces de dar mucha más resolución, discos duros donde almacenar toda la información de los juegos, mayor versatilidad en los joysticks y periféricos, posibilidad de jugar en red...

Sus adversarios contestaban de una forma muy sencilla: con un PC hay que arrancar el ordenador, esperar que cargue el sistema operativo, insertar el CD del juego, arrancarlo abriendo varias ventanas... y eso sin contar con que muchos juegos necesitan controladores que son incompatibles con los de otros juegos, o una versión del sistema operativo distinta a la que se tiene instalada y que es necesaria para un programa distinto, etc.

En cambio en una consola de juegos se inserta el cartucho o CD, se enciende y ¡A jugar! Sin problemas de sistemas operativos, versiones, controladores, etc. Cierto es que estos juegos son, hasta cierto punto, más limitados, pero dado el ritmo de vida que impone la sociedad moderna, no hay tiempo para aprender a manejar un juego complicado. Lo que queremos son programas de disparar y matar. Liberar adrenalina para volver al trabajo.

Definitivamente, después de escuchar todos los argumentos de la mencionada discusión, decidí que a mi hijo no le compraba ningún juego de ordenador, pero que si lo hacía sería una consola, a los PC ya los tendrá que sufrir cuando crezca y empiece a trabajar.