El otro día, durante una jornada de docencia en la Universidad, me vino apesadumbrada una alumna cuyo trabajo para un periódico interno había sido desestimado por cuestiones de forma (formatos gráficos, resolución, fuentes, etc.)… Y estaban de cierre.

Si ése hubiese sido su único problema, en poco más de diez minutos podría haber ayudado a esta chica, pero la situación tomó visos de gravedad cuando me proporcionó su trabajo en un disquete (sí, ese soporte de almacenamiento de información reescribible de 1,44 MB, que pasó a la historia en nuestra plataforma con la introducción del iMac).

Tras haber localizado por allí una disquetera Imation que cumplió su cometido a la perfección con mi iBook y Mac OS X, esta situación me hizo reflexionar mientras volvía a casa, sobre una de esas leyes inexorables a caballo entre tecnología y sociología: la famosa ley de la disrupción. En ella, se afirma que mientras que los sistemas sociales crecen incrementalmente, los sistemas informáticos lo hacen exponencialmente, produciéndose un desfase entre sociedad y tecnología de imprevisibles consecuencias. Y lo del disquete, sinceramente, me demostró que continúa siendo más importante de lo que piensa Apple.

La dureza del día a día

La realidad diaria del trabajo de cientos, diría yo, de miles de personas que usan un Mac, va más allá de estar preocupados por conseguir la última versión de una aplicación o de comprarse el nuevo DVD-RW de última generación o cualquier sofisticación de cacharritos con una manzana grabada para hacer películas o música, dependen de cosas mucho más sencillas y que parecen haber sido olvidadas.

Son cuestiones como un simple disquete, o que un archivo sea absolutamente transparente de plataforma a plataforma, o tener conexiones en red realmente abiertas, o conseguir con éxito una simple transacción bancaria en línea con su Mac, o intentar sacar unas simples entradas en Cinentradas.com, o seguir peleando con InDesign para abrir las maquetas de XPress… Deberían pensar más fácil y no tan diferente.

La realidad social va un poco más lenta que esa imaginaria sociedad inmersa en tecnología que fabricantes y medios tratan de transmitirnos constantemente, de manos de sus estrategas de marketing, para alimentar el ciclo de ventas y de ingresos publicitarios.

No nos engañemos, sus ciclos son diferentes al del resto de los mortales. Su única justificación para seguir en el mercado compitiendo es que nosotros compremos los productos cuyos lanzamientos dosifican (2x, 3x… 40x) para rentabilizar al máximo sus espectaculares inversiones en I+D. Y aún dosificando, la sociedad está a años luz de la mayor parte de las visiones “digitales” de gurús y demás enterados de este sector. Tanto es así, pienso, que si consumiésemos al ritmo que nos pretenden imponer, los bancos deberían contemplar productos de financiación al estilo del leasing, pero orientado a particulares.

Más que correr… Todo vuela

Si a lo expuesto se une el peso específico de la Ley de Moore, en la que se afirma que cada 18 meses la densidad de los chips se dobla, mientras que su coste permanece constante; podrá apreciar como se crean cada temporada dispositivos cada vez más potentes (y baratos) y por los que a usted se le cobra tras cada lanzamiento más y más dinero con la excusa de que es más y mejor. Con estos datos, empezará a hilvanar todos los flecos sueltos de este “gran sainete digital” con más de veinte años de representación ininterrumpida generando necesidades ficticias en el usuario a cada lanzamiento.

He tenido la oportunidad de comprobar, le pese a quien le pese, que los usuarios, utilizan casi siempre disquetes y yo creía que ya estaban todos con sus regrabadoras CD-RW, que es lo que se lleva ahora ¿no? La lección me quedó clara. Tal vez el obsoleto y fuera de lugar sea yo, ajeno siempre a una realidad que se impone inexorable.

La prueba definitiva

Un fin de semana soleado de marzo me levanté y escribí esta columna con mi venerable ordenador Centris 610 de 30 MHz de velocidad (procesador 68040 Motorola), sistema Mac OS 8.1, 72 MB de RAM y 500 MB de disco duro, guardé una copia en disquete y además la envié por correo electrónico. Coloqué el resultado en una maqueta y… El resultado ha sido el mismo, y me lo compré para las Olimpiadas de 1992. He vuelto a comprender, observando en mi mesa mi flamante iBook “con todo”, el valor simbólico de un simple disquete y, sobre todo, que tal vez estemos corriendo demasiado sin saber exactamente hacia dónde vamos.