Reconozcámoslo, estamos en pleno siglo veintiuno y las cosas, por fín, no son como antes. Los combustibles son más baratos y no contaminan, los aviones son más seguros y los ordenadores nunca se cuelgan. Todo es perfecto. El último caso de pantalla azul (bomba en términos peceros) se dio hace años y las empresas que hacían software para copias de seguridad han desaparecido. Pero lo mejor no es eso. Lo más maravilloso es que por fín las empresas han llegado a un acuerdo mundial para definir un único formato de almacenamiento. Se acabó la pelea sobre si 230 o 640 megas, sobre si ISO o High Sierra, sobre si playa o montaña. Todo el mundo mundial se ha rendido a los encantos de este nuevo formato. ¿Todo? ¡No! Una pequeña aldea de irreductibles… ops, me dejé llevar.

El caso es que esto del formato definitivo se escucha de vez en cuando. Más o menos una vez cada conjunción de planetas o una feria importante o una bajada de beneficios de la empresa correspondiente. Porque mira que ha habido formatos. A ver, que levanten la muleta los que hayan vivido los discos flexibles de 8 pulgadas. O las cintas para copias de seguridad de 40 MB, cortesía de Apple. O los magneto-ópticos de todos los tamaños y capacidades. Y esa colección de sucesores del disqete, con distintos “super” o “mega” delante del nombre. Por cierto, y esta pregunta es para los más jóvenes, ¿quién sabe lo que es un disquete? Hasta hace muy poco era impensable un ordenador que no tuviese lector de disqetes. Apple cambió lo impensable y empezó a sacar ordenadores sin lector de discos flexibles más o menos por la época en que la capacidad de los mismos daba para un documento y poco más. A pesar de los intentos por crear los susodichos superdiscos, megadiscos, chupidiscos… cada vez con más capacidad, sólo alguna excepción como los ZIP de 100 MB han conseguido mantener el tipo. El CD ha conseguido dominar al resto de las especies, condenándolas a la extinción o, como mucho, a vivir en reservas, con el consiguiente lío a la hora de mandar trabajos a un cliente: “Te lo mando en un CD. ¿En un qué? En una cosa redonda plateada y plana. Vale, espera que pregunte si tenemos de eso. Oye, ¿no me lo puedes mandar por fax?”.

Esta triste historia del medio de almacenamiento nos lleva a sufrir dos problemas: el primero es qué hacer con todos los disquetes que almacenamos por la casa. Hubo una época en que el software, aparte de manuales, traía esos cachos de plástico, con etiquetas incluidas. Y claro, no los vas a tirar. Pero el caso es que se plantea el más importante y serio problema: ¿qué hacer con todos los datos metidos en esos discos? Ya la NASA publicó, hace unos años, un informe en el cual se hablaba de la cantidad de datos de los proyectos Apollo y Mercury que se habían perdido o que sólo podían recuperarse si era absolutamente imprescindible, debido a que estaba almacenada en formatos para los que no había lectores y, si los había, el coste de la conversión era excesivo.

Algo parecido pasa a nivel doméstico. De momento, todos conservan algún ordenador con lector de disquetes, aunque no estén en uso a diario. Pero ¿qué pasará cuando ni siquiera existan esos ordenadores? La solución es sencilla, en teoría: hay que pasar todo a otro formato, sea disco duro o CD. Y deshacerse de instaladores de programas ya desaparecidos, o guardarlos en una vitrina, junto a otros fósiles. Sin embargo, junto con la solución aparece otro problema: ¿cuánto dura un CD?.

Todo el mundo piensa que un CD es inalterable. El soporte definitivo. Impasible el ademán, sus datos seguros durante años. ¿Cuántos años? En algún informe reciente se da la voz de alarma sobre lo poco fiables que son, pero no ya sólo para almacenar datos. Incluso los CD de audio parecen tener un plazo de vida realmente corto. Se habla, incluso, de bacterias que atacan el sustrato donde se almacenan los datos de audio. Y si hablamos de los discos que se graban en casa o en la oficina el plazo es aún menor. Todos tenemos algún CD, de datos o de música, que de repente ha dejado de funcionar, ya sea por el excesivo uso o por la Ley de Murphy.

Mientras llega algún tipo de solución o ese famoso formato universal, inalterable, imperecedero, inodoro e insípido, quedan pocas opciones. O ir pasando los datos de formato en formato, con los riesgos de ir perdiendo flecos con el tiempo (¿dónde tendré yo la base de datos de vinilos que fui pasando de Apple en Mac?) y de asumir un coste, ya sea en tiempo o en dinero o en ambas cosas para preservar la información. La utopía de usar Internet como almacén de datos y que sean otros los que se preocupen de mantenerlos a salvo es eso, una utopía, habida cuenta del nivel de (in)competencia de los proveedores (algunos, no todos) en España.

En fin, voy a ir recopilando los disquetes que me quedan y hacerles un homenaje adecuado. Los últimos que tiré, unos quinientos, acabaron en un contenedor. Quizás estos se merezcan un funeral vikingo. Algunos han durado más años de los que los expertos auguran para los CD. Y en estos tiempos de cambio eso es todo un mérito.