Hay varias cuestiones este último mes que me han llamado la atención de un modo u otro dentro del mundo Mac. Una de ellas es la muerte de Jeff Raskin, creador del proyecto Macintosh y uno de los padres fundadores de la interfaz gráfica de usuario. En anteriores artículos he comentado algo sobre él, en relación a una cierta actitud cascarrabias hacia la interfaz actual del Mac OS X. En fin. ¿Qué decir ante el maestro? Tengo cerca de mí algún equipo funcionando con Mac OS 7 y 8 y siguen manteniendo ese encanto tan especial y, quizá, mayor coherencia que el sistema actual, pero también muchas limitaciones.

Pero bueno, leyendo sobre las últimas ideas de Raskin en la renovación de las interfaces no podía evitar pensar en que algo de resentimiento estaba influyendo en su trabajo, al igual que en otros destacados “ex” responsables del área de interfaz gráfica de Apple. Parece como si el resquemor contra Steve Jobs, que seguramente se lo tenía bien merecido, los impulsara más al cambio de paradigmas por el cambio en sí, que a una mejora real de las interfaces.

Así, por ejemplo, Raskin propuso una especie de escritorio infinito en el que nos movemos por los documentos y la información a base de zooms (www.raskincenter.org/main2/img/zoomdemo.swf). Bruce Tognazzini (www.asktog.com) sugirió la inefables “pilas” a semejanza de las pilas de papeles de nuestros escritorios entre dardo y dardo contra Mac OS X. Por su parte, Andy Hertzfeld se movía últimamente en los procelosos espacios de los escritorios en tres dimensiones.

¿De dónde venimos?

La interfaz gráfica vino a sustituir a la línea de comandos, ya sabes, ese lugar en el que introducir extraños conjuros con los que realizar las tareas más peregrinas en el ordenador. Para muchos informáticos expertos, las ventanas y los iconos no son más que un estorbo, pero para la mayoría de personas reales la línea de comandos es la puerta a un mundo arbitrario y sin sentido producto de la imaginación de un sádico demente.

La línea de comandos resulta bastante útil para realizar una serie de tareas que tienen que ver con el uso y mantenimiento del ordenador, pero es inservible para otras muchas cosas. Y aún así las posibles ventajas de manejar un Mac a través de la línea de comandos, derivan del hecho de que no siempre las aplicaciones y utilidades gráficas están pensadas para aprovechar toda la información y permitir todas las opciones de su contrapartida “textual”.

Por ejemplo, para ver el contenido de la carpeta actual en el terminal podemos teclear “ls -la”, que nos muestra todos los archivos, visibles e invisibles, así como toda la información relevante de los mismos, incluyendo la de permisos. En el Finder resulta que, por defecto, podemos ver sólo los archivos visibles y una parte limitada de información. Pero eso sólo quiere decir que al programar Finder, Apple decidió que no necesitábamos saber tanto. De hecho, existen algunas utilidades alternativas a Finder que ofrecen mucha más información y control, y frente a las que la línea de comandos pierde por goleada.

¿A dónde vamos?

Con todo, Mac OS X dista mucho de ser el desastre que señalan algunos (el hiper-autocriticismo maquero resulta a veces exasperante, sólo superado por el “mactalibanismo” que últimamente parece tan en boga) y tiene un buen fajo de elementos interesantes. Una de las cosas que más me ha gustado es lo informativo que es (o que puede ser, si los programadores se molestan). Por ejemplo, hace un par de días descubrí una cosa curiosa: al abrir una aplicación Classic, el icono de Classic en el Dock se va coloreando a medida que el entorno se carga. Parece una tontería, pero hay muchas aplicaciones que informan de su progreso o de su estado a través del icono del Dock, lo que cumple una función útil y lo hace de un modo elegante.

Otras veces es la capacidad de mover información de una aplicación a otra a través de arrastrar y soltar y un sinfín de pequeños detalles que uno va descubriendo (a veces sin querer, todo hay que decirlo), y que facilitan el manejo del ordenador. Sin embargo, se puede apreciar fácilmente que aún estamos lejos de alcanzar los límites de la interfaz gráfica. Queda bastante para conseguir que sea informativa y totalmente viva, en el sentido de que reaccione ante todo tipo de eventos.

Por eso, los intentos de buscar otro paradigma me resultan un tanto desencaminados. Quizá sea la miopía tecnológica de quien está acostumbrado a trabajar de una manera y que le hace resistente al cambio, pero no acabo de ver el sentido práctico de que los iconos de mis documentos floten en un espacio tridimensional ilimitado hasta el punto de que no veo la mayor parte de ellos porque están lejos y tengo que moverme contínuamente en ese entorno para escribir esta columna, cuando puedo ponerme a ello con dos clics.