Aquella mañana, había llegado tarde al trabajo. Los ojos le pesaban como si fuesen dos bolas de acero. La noche había sido muy larga preparando la entrega de los últimos trabajos para la cuenta más importante de la agencia de publicidad. La nicotina, el exceso de cafeína y la luz tenue del despacho habían provocado que su mirada roja destacase en toda la oficina. Cansado, se sentó en su Macintosh y lo arrancó. El único de la oficina, y eso que eran publicistas... Los tiempos estaban cambiando. Él, contra el mundo... Un mundo lleno de ordenadores Windows.

Crash, boom, bang…

Tras pulsar el botón de inicio una primera vez, el ordenador hizo un amago de querer arrancar y después del típico dong, un silbido estridente como un frenazo le desencajó el rostro ya de por si desfigurado por el cansancio. Se estremeció, intuía que el problema que iba más allá del cable de conexión a la red eléctrica y pensó lo peor. Se había quedado sin disco duro.

Su trabajo estaba almacenado en el sistema de cintas para copias de seguridad de la agencia pero tenía que realizar algunos retoques finales a su trabajo. Respiró con cierta tranquilidad, pero sabía que tendría que utilizar otro ordenador para finalizar el trabajo. Tomó un café y pensó que nunca había utilizado un PC. En aquel momento creyó que sería el hazmerreír de la empresa, al verse delante de una pantalla con un ratón de dos botones y una rueda de navegación que no había utilizado nunca. Pero se armó de valor. Los ojos de sus compañeros se clavaron en él como saetas al ver que se sentaba a los mandos de la máquina que había vilipendiado hasta la saciedad en tertulias de café. Pero el orgullo del Maquero es grande. Recogió su iPod de la mesa y lo primero que hizo fue conectarlo al PC. Y funcionó, sin problemas, tras descargar iTunes.

Esto no es tan diferente

Posteriormente, se dio cuenta que todos los fondos de pantalla, y la forma de mostrar los iconos en el Escritorio de aquella máquina PC no se le hacía tan extraño. Habían comprado buenos ratones y eran realmente precisos. Observó en la barra de aplicaciones a algunos de sus amigos de trabajo y se dio cuenta de que todo no era tan diferente como había pensado hasta ese momento. Respiró hondo y se puso manos a la obra, con prudencia al principio, pero sin pausas sobre el trabajo que tenía que realizar. Y empezó a hacer clics y se dio cuenta de que todo no era tan diferente. Herramientas, atajos, iconos, ventanas, arrastrar y soltar... Todo ello le sonaba, había otro mundo más allá de la caverna. Y todos miraban al que acababa de salir de la caverna.

Tras cuatro horas, acabó sus trabajos y generó los archivos de prueba necesarios para enviarlos al cliente... Como en su Mac. No daba crédito, a lo que estaba viendo con sus propios ojos. Si todo era tan extraordinariamente parecido, ¿dónde estaba la diferencia al nivel que él hacía uso de la tecnología? La herramienta era idéntica, la plataforma había cambiado, pero los resultados eran los mismos. Su creatividad había sido el elemento determinante para traer al mundo su propuesta de diseño, más allá de la herramienta y la plataforma. Y vio de nuevo, que todo no era tan diferente.

El radicalismo tecnológico está trasnochado

Apesadumbrado, se levantó del asiento que había soportado su cuerpo cansado por unas horas. Regresó con el paso de un Cristo camino de pasión a su puesto de trabajo y comprendió que debía dejar de pensar tan diferente. Los radicalismos, incluso en tecnología no son nada buenos, reflexionó. Vio que lejos de las pasiones que levanta la tecnología, no debía concebirla más allá de su mera utilidad instrumental a partir ahora. Y revisó su argumentario, mientras miraba su Mac frito. Pensó que tal fuese la última vez que vería un Mac en la oficina, además le habían visto trabajar en directo sobre otra máquina sin ningún tipo de problema. Salió de la caverna y vio que había más mundo ante sus ojos. Comprendió, al fin, que Mac y PC pueden y deben convivir, y que las extraordinarias diferencias tecnológicas entre un PC y un Mac, simplemente no eran percibidas por muchos usuarios que usaban los recursos a un 50%... Como él, tal vez. ¿Cómo explicar las sofisticaciones tan complejas de su Mac más allá de una interfaz amigable?, se dijo, acariciando su taza llena de café por segunda vez. Por primera vez en su vida, como “fundamentalista” Macintosh sintió pavor, porque podía hacer lo mismo con otra máquina y pensó, ¿qué ocurrirá si en algún momento Mac OS X esté disponible para cualquier PC? “¡Ah!, el hierro desaparecerá, seguro, pero el espíritu del Mac es lo que me ha hecho usarlo durante décadas y donde lo enlaten es una cuestión secundaria. Simplemente me gusta”, murmuró con un esbozo de sonrisa en sus labios...