Ana, mi mujer, le ha dado por constituirse en observadora de la producción editorial fascicular. En otras palabras, este año lleva un registro de las colecciones de libros y fascículos que pueblan los quioscos de prensa de nuestros pueblos y ciudades. La lista no parece tener fin y a la hora de redactar esta pieza ya va por los 74 y el número promete seguir aumentando.

El segundo paso de su investigación consiste en averiguar si yo sería capaz de escribir sobre el tema en una revista como Macworld y no ha resultado tan difícil como pensaba porque, señores, el Macintosh tiene mucha parte de culpa en esto.

Cantidad, pero ¿calidad?

La producción editorial por entregas no es algo nuevo, los folletines del siglo XIX son un claro precursor. Lo que antes eran novelas, son ahora enciclopedias acerca de los más variados y especializados temas: armas de época, teteras o dedales, por citar algunos de los más llamativos. No hace tantos años, justificar todo el esfuerzo de producir obras semejantes hubiera sido imposible, pero parece que las y los modistas y coleccionistas aficionados a las labores de aguja e hilo constituyen un mercado emergente en el que conviene posicionarse con productos novedosos.

Esta explosión editorial, que parece inagotable, no hubiera sido posible sin un invento como el Macintosh, el lenguaje PostScript y programas de edición como PageMaker. Hasta entonces, componer una página podía ser un trabajo largo y delicado.

Pero la introducción del ordenador permitió superar con facilidad cualquiera de las limitaciones que venían siendo habituales. Cualquier tipografía se pone al alcance de la mano, al igual que los montajes fotográficos complejos o disposiciones de página atípicas. Y todo ello a velocidad de vértigo y con un coste cada vez menor. Es posible producir más en el mismo tiempo de trabajo y abaratar la producción, en consecuencia, se produce un estallido de publicaciones.

Recursos como el color, la inclusión de grandes fotografías, los diseños de página más elaborados, se introducen en libros de tirada cada vez mayor. Iba a escribir “más asequibles” y, aunque esto es cierto, también lo es que el precio de venta de los libros quizá no haya descendido en la misma proporción que lo han hecho los costes. Sin embargo, hay que admitir que la oferta editorial es más rica y variada que nunca, y hasta las ediciones más baratas gozan de un nivel de calidad bastante aceptable.

Democratización o vulgarización

Algunos bautizarían esto como una democratización del conocimiento, otros como una vulgarización en el peor sentido de la palabra. Hay luces y sombras en el panorama, pero gracias a esta producción en cadena los libros y las revistas se han convertido en productos de consumo e incluso en productos perecederos: ¿han oído hablar de los libros de “usar y tirar”?. Una manifestación de ello es la corta vida que tienen los libros en el mercado. Se publica una novela de un autor no muy conocido, y si tardas más de seis meses en adquirirla es posible que no la encuentres y tengas que esperar a la próxima feria de ocasión.

Otra consecuencia es la trivialización. Famosos de medio pelo, futbolistas en alza, presentadores de telediarios, políticos, y un largo etcétera, escriben (es una manera de decir) libros, incluso libros de memorias antes de los 25 años. Y no me estoy refiriendo precisamente a quienes han desarrollado una carrera literaria digna e incluso prestigiosa. Por otro lado, multitud de revistas generales y especializadas medio informan sobre todo tipo de temas con alto despliegue gráfico y contenidos menguantes, cuando no dudosos. Algo así pasa en Internet, donde las páginas personales especializadas resultan ser mucho más completas y rigurosas que las de empresas de comunicación con grandes medios y negociadas en Bolsa.

Parece ser que algún analista ha descubierto que el lector medio pasa x segundos ante una página de Internet o de una revista y, en consecuencia, hay que reducir el contenido para que le de tiempo a leer los anuncios en ese intervalo temporal. Me imagino que, de seguir la tendencia, el mismo analista recomendará que se suprima cualquier contenido sin pensar que tal vez el lector no se quede en la página por la simple razón de que no merece la pena hacerlo. ¡Piensa diferente!

Pero, ¿y el currante?

Para el trabajador del medio las cosas se han ido equilibrando. Uno podría pensar que gracias a la tecnología ha mejorado su calidad de vida, pero lo que se observa es que lo que se ha ganado en facilidad de trabajo se compensa en horas de curro. La sensación de facilidad que proporciona el ordenador para realizar estos trabajos conlleva, al menos, tres consecuencias perniciosas:

Por un lado, un mayor volumen de trabajo y unos plazos más apretados (“esto tiene que estar para ayer”) que fuerzan a mantener jornadas laborales irregulares. Una forma de generar estrés como otra cualquiera.

En segundo lugar, desaparece la especialización. ¿Le suena esta oferta de trabajo?: “Diseñador/a de páginas web con conocimientos de Phoptoshop, Dreamweaver, Visual Basic, JavaScript, PHP, administración de servidores NT, Office 2000. Se valorarán conocimientos de contabilidad y gestión de recursos humanos.”.

En tercer lugar, desprofesionalización. Se confunde el hecho de saber manejar la herramienta (el ordenador y los programas de edición) con la formación y experiencia adecuadas para afrontar el diseño de un producto gráfico. ¿Sabe manejar Photoshop? Pues ya es un experto en el retoque fotográfico, aunque no distinga un semitono de una sobreexposición. Incluso una vez vi, en el anuncio de una academia, los cursos de AutoCad en el apartado de diseño gráfico.

Y claro, esto acaban doliendo.

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