Con el lanzamiento de los Power Mac G4 y la forma en que ha sido presentado, se ha desatado una reacción interesante con respecto a la potencia de los ordenadores: en muchos foros se está discutiendo si realmente necesitamos máquinas más potentes o si, por otro lado, lo que necesitamos son máquinas más útiles y más fáciles de utilizar. La verdad es que pocas personas necesitan de la potencia de un superordenador para hacer su trabajo diario. Hasta los artistas digitales, que hacen un uso intensivo de la capacidad del Mac, necesitan invertir más tiempo en el esfuerzo creativo que en el proceso de plasmar sus ideas mediante el ordenador. La conclusión parece clara: la carrera por la velocidad empieza a tener poco sentido si no va unida a una mejora real en el resto de los componentes que rodean al ordenador. Se trata de algo que quienes preferimos un Mac teníamos claro desde hace bastante: de qué me sirve toda la velocidad del mundo si estoy manejando un programa idiota que me obliga a perder tiempo porque está mal diseñado. Al hilo de esta situación, un estudio publicado recientemente por una compañía sueca revela que cada persona que trabaja con un ordenador pierde una media de dos horas y veinte minutos semanales por no saber manejarlo. Haciendo números, la verdad es que se echa uno a temblar.

Está claro que a los departamentos de I+D les resulta mucho más fácil aumentar la potencia de las máquinas que su utilidad real y parece igualmente que a los fabricantes les resulta más rentable competir basándose en los datos relativos a la potencia que en la productividad real. No hace mucho tiempo, la productividad y la facilidad de uso eran los argumentos preponderantes de la publicidad de Apple y ahora va a resultar que el que funciona es el de la fuerza bruta: los Pentium tostados y los ordenadores que son un arma rodeada por tanques… Si se fija en lo que publica la prensa “generalista” habrá visto la frivolidad con la que hablan ya del famoso “gigaflop” y del superordenador: no sabe uno si indignarse o echarse a reír. Todavía seguimos con la idea del ordenador de increíble potencia pero no tenemos muy claro que sea una herramienta real que nos ayude a ser mejores, una “bicicleta para la mente”.

Las brujas de la tecnología

Para mucha gente, los ordenadores siguen siendo cosa de magia. No hace falta fijarse demasiado para darse cuenta de que casi siempre que vemos una película de ciencia ficción, nos muestran una tecnología con una capacidad increíble pero con una forma de interaccionar con el usuario que parece de lo más complicada. Tantos avances, tanta tecnología futurista y va a resultar que los ordenadores del próximo siglo se van a manejar en modo texto y con pantalla negra. La ciencia ficción dota de poderes casi mágicos a los ordenadores; pero los hace accesibles únicamente a unos pocos, los “magos de las computadoras”.

Lo que el cine nos muestra no es sino un reflejo de nuestro subconsciente, en el fondo la sociedad sigue con la idea de que la tecnología es cosa de magia. Antes creíamos en las brujas y los espíritus y ahora creemos en las máquinas todopoderosas y misteriosas. Resulta que nos atacan los extraterrestres y les destruimos con un virus en un documento de Word. En la televisión, para que un informativo tenga algo de prestigio, los presentadores tienen que salir en pantalla con su portátil al lado y, los anuncios, nos muestran a ingenieros con bata blanca rodeados de docenas de ordenadores y avanzadas herramientas (que se supone les sirven para comparar con gran exactitud cuál de los detergentes es el que debe usted comprar para lavar sus camisas). Es posible que con una lavadora tuviesen de sobra; pero claro, si está hecho con una tecnología tan avanzada tiene que ser mejor. Quizá deberíamos intentar desmitificar los ordenadores y tratar de acercarlos, en lugar de ensanchar el abismo entre la tecnología y las personas.

Lo que hizo el lanzamiento del Macintosh emocionante es que había un salto cualitativo en la forma de entender el ordenador. Jobs quiso que el Mac fuera un elemento integrado con el ser humano, una herramienta para facilitar la creatividad y no un obstáculo. Su error fue que en aquel entonces nadie tenía claro para qué podía querer un ordenador, ni siquiera el propio Jobs sabía cuáles iban a ser realmente las funciones que podría desempeñar el ordenador personal. Hace ya quince años desde entonces y ahora sabemos que el ordenador es una excelente herramienta para comunicarnos y compartir información, para aprender, para crear y para pasar el rato. Lo que no sabemos es qué más vamos a poder hacer con la tecnología en el futuro. Suele ser más difícil tener una idea genial que ponerla en práctica, y es más difícil imaginarse una herramienta mejor que hacerla realidad. El sueño que apadrinó John Sculley, el Knowledge Navigator, y que acabo siendo una pesadilla (el Newton), puede que ahora ya no esté tan lejos. Si los soñadores y los científicos pasasen más tiempo juntos, quizá tendríamos máquinas más interesantes y más humanas.