Hace un mes me quedaba con la palabra en el teclado acerca de si es posible montar un modelo de negocio rentable basado en ceder al comprador los derechos sobre el producto, en lugar de limitárselos. Es más, en muchos casos ofreciendo el producto gratuitamente y sin restricciones de reproducción. ¿Cómo es posible?

¿Y si después de leerlo resulta que me decepciona?

En casa tenemos un problema con los libros. Nos encanta leer, pero cada vez nos da más miedo comprar un nuevo libro. Dejando aparte algunos precios intimidantes, ya no nos fiamos de las reseñas de catálogo o las críticas profesionales. Sólo nos podemos fiar del criterio de amigos y de nuestro propio olfato.

Lo que uno querría es leer el libro antes de comprarlo. Por eso, se piden prestados y se prestan libros, para que los lectores los puedan conocer. A uno no le gusta estropear sus libros, por eso los fotocopia para subrayarlos, o para leerlos en condiciones de “riesgo” (por ejemplo, en la playa).

Algunos escritores han comenzado a publicar sus obras en formato digital, para que la gente las descargue y las lea como quiera. Llegado el momento, el lector puede comprar la copia impresa, para sí o para regalarla, porque le apetece tenerla.

Los defensores del llamado “copyleft” consideran que una copia de un libro descargada gratuitamente puede ser su mejor vendedora. Algunos autores han decidido incluso permitir la modificación de su obra.

¿Comprar un CD por una canción?

Resulta que hay más músicos que Alejandro Sanz y los Triunfitos. Muchísimos músicos y grupos tratan de vivir dignamente de lo que más les gusta hacer, frecuentemente con más profesionalidad, dignidad y coherencia que los artistas promocionados de turno. Ya les sonará la queja que encabeza este apartado.

Para estos grupos los ingresos provienen principalmente de las actuaciones en directo. La promoción es básicamente el boca a boca y medios muy especializados (y lo bastante independientes), así que entienden que la forma de conseguir ser reclamados para tocar en locales o conciertos es que el público los escuche. Puesto que las vías tradicionales de promoción están controladas por las grandes discográficas, ¿qué mejor forma que permitir al público descargar gratuitamente las canciones y escucharlas sin restricciones?

Los grupos que apuestan por esta forma de distribución consideran que una copia descargada puede ser el primer paso para vender una entrada a un concierto o un ejemplar del disco.

¿Otra actualización de pago?

En el terreno del software existen iniciativas como el software libre o el código abierto. La idea del software libre es no restringir de ningún modo los derechos del usuario: se le proporciona el código fuente para poder modificarlo o adaptarlo a necesidades específicas, se le permite realizar copias y varias instalaciones. El precio de un CD de software libre puede ser prácticamente el precio del soporte, gastos de envío y un margen.

La dificultad del software libre radica en que, para aprovecharlo a fondo, que no para sacarle partido, se requiere un cierto nivel técnico. Los distribuidores de software libre ofrecen servicios de soporte, documentación, actualización, o incluso configuraciones específicas, de pago. Un usuario con suficientes conocimientos puede cubrir estas funciones por sus propios medios, con un poco de esfuerzo y ayuda. Pero muchos usuarios (particulares y empresas) están dispuestos a pagar por tales servicios, como pone de manifiesto el poblado mercado de libros y manuales de informática.

Así que, para algunas empresas de software, una copia de su programa puede significar la venta de un manual, de un plan de mantenimiento o de una suscripción a un servicio de actualizaciones preferentes.

Cómo funciona

La característica más destacada de estas formas de hacer negocio proporcionando un acceso abierto a los productos es que asumen la forma en que los usuarios los utilizan. La gente presta y fotocopia libros, pero compra los libros que le gustan o necesita de verdad. La gente presta y copia discos, pero va a los conciertos de los grupos que le gustan o compra sus discos. La gente presta y copia programas, pero está dispuesta a pagar por formación o soporte cuando el producto lo merece.

Ciertamente este modelo no vale para todos. Algunos libros sólo se venden por la promoción, como los supuestamente escritos por personajes de cierta relevancia pública. Algunos discos se venden por una única canción, repetida insistentemente en la radio o la televisión. Algún software se vende… bueno, porque no queda más remedio. Muchos de estos productos no sobrevivirían a un modelo como el que se expone aquí por la sencilla razón de que son malísimos, irrelevantes desde un punto de vista artístico o técnico, nadie se tomaría la molestia de descargarlos y mucho menos de pagar por ellos.

La industria tiende a considerar a los lectores, al público o a los usuarios como meros consumidores. Un lector no consume libros: los lee. El público no consume música: la escucha. Un usuario utiliza los programas, no los consume. Ese es el gran error.

El cambio de mentalidad que se le pide a la industria es muy grande, pero si no está dispuesta a afrontarlo y adaptarse, por lo menos hay que pedirle que no se dedique a cuestionar y zancadillear estas nuevas formas de hacer negocio. Es una alternativa, y la diversidad enriquece.